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“Una cuestión de salud pública”: ¿a qué edad le compro a mi hijo su primer móvil?

La socialización de las nuevas generaciones tiene una dimensión inevitablemente digital, en la que hay ventajas, peligros y, sobre todo, preguntas sin respuesta.

Los grandes cambios suelen traducirse en grandes retos, que casi siempre implican grandes dificultades. Y si hay un cambio que marca de manera indiscutible el paso del siglo XX al XXI es la omnipresencia de las llamadas Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) o, más llanamente, la irrupción de Internet como herramienta casi indispensable en la vida cotidiana de las personas. 

En el marco de esta ‘revolución digital’ se ha producido también un inevitable paso generacional lleno de complejidades: los hijos nacidos en las primeras décadas del siglo XXI son los nativos del nuevo mundo digital y son sus padres quienes deben guiarlos en un terreno tan amplio como incierto, en constante evolución, en el que las nuevas e inmensas posibilidades tecnológicas acarrean también potenciales peligros y conflictos.

Pautar y controlar el acceso de los hijos a esa nueva dimensión digital de la vida supone un desafío cargado de incógnitas y preguntas, para las que no siempre hay respuestas claras ni soluciones perfectas. Una de esas preguntas se refiere a cuál es el momento idóneo para comprar a un hijo su primer teléfono móvil o ‘smartphone’. 

“Hay muchos mundos en un aparatito de estos”

Preguntada directamente por ello, la psicóloga Tristana Suárez explica que “normalmente, hay muchos padres que a los 12 años ya les compran el móvil”, momento que considera “muy prematuro”: esta profesional recomienda esperar hasta “los 14 años, más o menos”. Sin embargo, Suárez advierte que “no es sólo una cuestión de edad” y que “hay que contar con otros elementos: por ejemplo, la capacidad y la madurez de cada persona, y qué tipo de uso se le da al móvil”.

En este sentido, la psicóloga recomienda “ir incorporando usos progresivamente, según vaya aumentando la edad: primero sólo para llamar, después whatsapp, después redes sociales… porque el móvil son muchas cosas”. “Aquello que es más adictivo y que supone una mayor exposición social y más riesgo, hay que controlarlo más, y dejarlo para cuando el menor sea más maduro”, resume. 

Suárez cuenta con una dilatada experiencia en el tratamiento de casos con adolescentes, y ha observado que, en no pocas ocasiones, las nuevas tecnologías añaden un grado de complicación a las circunstancias que les rodean, y agudizan algunos de sus problemas de forma muy particular: dinámicas de “acoso, agresiones”, o todo ese material que queda grabado tras las “rupturas de parejitas, los problemas entre amigos” o incluso tras “esas primeras relaciones sexuales que muchas veces se van calentando a través del móvil” se gestionan ahora en un espacio en el que lo privado y lo público parecen superponerse, y que los menores no siempre saben controlar.

Esto le lleva a afirmar que estamos ante “una cuestión de salud pública“, y admite que el abundante flujo de información que se pone en circulación a través de los móviles de los menores es algo en lo que ella ve “muchos riesgos y no tantas ventajas“.

Por eso, Suárez estima que resulta primordial la vigilancia “de los contenidos, de los mensajes”, por parte de los padres. “Por el móvil entran miles de cosas y salen miles de cosas, y los chavales muchas veces no lo manejan bien, y hay un montón de información que se queda por ahí”. 

Esta profesional plantea que el uso de las TIC entre menores tiene que ver, por supuesto, con “estar en relación, comunicados, formando parte del grupo”. “Supongo que lo mismo que se hacía en la plaza del pueblo se hace ahora por Instagram, con los ‘selfies’: los chicos y las chicas se muestran, se pavonean, se responden… pero luego hay todo un trasfondo terriblemente siniestro, en el que cuando hay problemas éstos se vuelven muy complicados”, explica.

“Hay muchos mundos en un aparatito de estos”, admite Suárez, que en un tono más informal, y tal vez no del todo en broma, nos confiesa que ella “prohibiría” a los menores el uso del móvil, “pero como no es posible, al menos hay que intentar retrasarlo hasta una edad en que tengan la cabeza mejor amueblada”.

Importa más la madurez que la edad

Por su parte, la psicóloga educativa Estefanía Quintana indica que “no podemos usar el parámetro de la edad” para evaluar la iniciación idónea en estas tecnologías, pues lo que realmente resulta determinante, desde su punto de vista, “es la madurez en el uso responsable de la misma”.

Quintana admite que su opinión podría no ser la mayoritaria entre los profesionales de su sector, pero se muestra relativamente optimista ante el actual momento tecnológico, señalando que “nacer en esta era es un privilegio que los padres deben potenciar más que limitar“.

Quintana no sitúa el problema en la tecnología por sí misma, sino en los hábitos personales que subyacen a su uso: “Si accedemos a un contenido inapropiado y tenemos hábitos de uso más cercanos a la adicción, que nos lleven a abandonar, por ejemplo, las actividades  al aire libre, tendremos una influencia negativa”.

Sin embargo, esta psicóloga recuerda que el uso de los dispositivos digitales también “incrementa las destrezas tecnológicas, así como la seguridad del niño al poder estar en contacto siempre con sus padres”, y hasta pueden contribuir a “mejorar el desarrollo de ciertas habilidades mediante el uso de algunas aplicaciones que contienen actividades didácticas”. 

El riesgo de exclusión, la libertad y la dependencia. 

Uno de los aspectos centrales del fenómeno expansivo de las TIC entre adolescentes, y probablemente el principal motivo por el que los padres acceden a comprar un móvil a un hijo a edades relativamente tempranas, es el hecho de que ‘todos los demás niños tienen uno‘. Y es que esta afirmación no es simplemente el argumento del hijo irritado que exige un móvil a sus padres, sino un dato verificable estadísticamente: en España, 3 de cada cuatro niños de 12 años tienen su propio móvil. Y entre los quinceañeros, la cifra asciende al 95%. Eso significa que es cierto: todos los demás chicos tienen un móvil. ¿Qué otra cosa pueden hacer los padres?

“Es inevitable que la sociedad nos excluya si no seguimos al rebaño”, admite Estefanía Quintana, insistiendo, no obstante, en que es muy importante enseñar al hijo “otros ámbitos de la vida en los que el móvil no es la clave para vivir, sino una herramienta de ayuda”, para conseguir así que el menor “no se sienta en riesgo de exclusión por no tener móvil, sino simplemente agradecido por poder tener uno”. 

En opinión de Patricia Carrero, orientadora y jefa de estudios en el Instituto de Educación Secundaria Gredos, en Piedrahíta, Ávila (España), el hecho de que un adolescente no tenga móvil “puede tener como consecuencia una menor inclusión entre su grupo de iguales“, ya que “dada su inmediatez y arraigamiento, los adolescentes eligen comunicarse a través del móvil como vía prioritaria”. Por eso, “quienes no estén en esa misma sintonía no van a participar de igual modo de esta socialización digital, no cabe duda”.

“Sin embargo –precisa esta orientadora– no estoy segura de que tener teléfono móvil haga al alumnado menos vulnerable a determinados procesos de exclusión“, ya que esta misma exclusión “puede fomentarse también a través de los móviles”. “Quizás debamos preguntarnos qué está ganando el adolescente de 13, 14 o 15 años que, por elección propia, no cuenta con un teléfono entre sus pertenencias y qué podemos aprender de él o ella”, apunta Carrero.

De hecho, la experiencia al frente de varios grupos escolares de adolescentes ha asomado a esta jefa de estudios a las partes oscuras de esa supuesta “socialización digital”: “Me asombra, cada mañana, ver llegar a tantos alumnos absortos en sus teléfonos o con los auriculares puestos”. Carrero los describe como “aislados, distraídos, huidizos, cada vez con menos habilidades sociales”, en una imagen que no remite precisamente a la idea de socialización, y que “se repite, independientemente del curso escolar, en cada descanso entre clase y clase, donde los alumnos quedan atrapados de nuevo por sus móviles pese a tener a 20 compañeros cerca con quienes poder charlar, reír, debatir o jugar”. 

Algo parecido relata esta misma educadora, al referirse a las excursiones que proponen a los alumnos, “donde el tiempo transcurrido en el autobús se emplea para jugar al móvil, escuchar música, hacerse ‘selfies’, actualizar perfiles o mandar whatsapps”. Para Carrero hay una realidad indiscutible en la relación de muchos de estos menores con las nuevas tecnologías: “No hay libertad sino dependencia“.

La orientadora coincide con la experta anteriormente consultada en que los menores no deberían tener móvil antes de los 14 años. “Si nos fijamos en las condiciones generales de la mayoría de las redes sociales, la edad mínima exigida para la apertura de cuentas y perfiles oscila entre los 14 y 16 años de edad“, señala, sugiriendo que “este dato puede ser indicativo, pues si bien los ‘smartphones’ cuentan con múltiples usos y posibilidades, el de las redes sociales uno de los prioritarios entre nuestros adolescentes, aunque no por ello el más deseable”.

Sin embargo, mientras las recomendaciones de los profesionales más expertos apuntan a una dirección más o menos consensuada, la realidad impone sus propias cifras, y lo cierto es que, a día de hoy, los menores estrenan sus propios móviles mucho antes de lo que, en términos genéricos, se considera conveniente.

Los múltiples factores de este fenómeno preocupan a psicólogos y a educadores, y van modelando el estilo de vida de las nuevas generaciones. Mientras tanto, los padres cabalgan como pueden a lomos de un avance tecnológico vertiginoso e impredecible, tratando de proteger a sus hijos de sus efectos más contraproducentes sin tener del todo claro cuáles podrían ser. Todo un desafío, propio de una época de grandes cambios.

Fuente: RT

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